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Volví porque ya no quiero esconderme

Una voz que regresa despacio.


Nota: mientras escribía esta entrada, escuchaba "All the bright places ll", me encantaría que te pusieras los audífonos y la escucharas mientras me lees.


Empecemos...


Este año ha significado para mi, cierre de ciclos, en todo sentido, tanto físicos como emocionales, y si estás aquí desde hace tiempo, sabrás que llevo 5 años construyendo mi propio negocio digital de clases de canto, pero me cansé. Desde hace mucho me venía sintiendo agotada de no encontrar el punto de equilibrio entre quien soy yo y lo que enseño y como lo enseño.


Me di cuenta que la intuición, la ingenuidad, el asombro y la curiosidad con la que se empieza algo nuevo, se estaban diluyendo poco a poco en mi propio camino. Quería controlar mi creatividad, quería ser lo que "debería ser" y no lo que soy, quería dar lo que se supone que la gente espera de mi y no lo que ya habita en mi.

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Dos meses después de decidir dejar mi propio proyecto para iniciar uno nuevo con una amiga preciosa que me ayudó demasiado a encontrar claridad, decidí regresar, pero ya no con la expectativa de que mi negocio funcionara, ya no con la presión de sonar como si tuviera que convertirme en algo más, sino con un deseo real de juntar todas las piezas de lo que amo, de lo que me apasiona, de lo que hace que mi arte y mi cotidianidad tengan sentido, para entregarlo como sea que vaya saliendo; porque si de algo estoy convencida hoy por hoy, es que enseñarte a cantar es a penas el 10% de lo que realmente deseo hacer con este espacio.


Hace 1 año salí de Colombia y me vine a vivir a Paraguay y ahora estoy en plan retorno, una analogía completamente, ¿no?, porque salir de mi País y renunciar a mi proyecto, temporalmente, me dió la perspectiva que necesitaba para regresar a ambos con un corazón agradecido y sin manchitas en los ojos. La soledad que se siente al estar lejos de la familia, es ese tipo de soledad que no se arregla con una videollamada ni con "adaptarse rápido". Extrañar mi casa y a los míos me hizo mirar hacia adentro con más crudeza y al mismo tiempo con más compasión. Esto me obligó de alguna manera a preguntarme de verdad porque hacía lo que hacía, y entonces la respuesta fue clara: porque cantar y enseñar es solo el comienzo, no el fin.

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Porque la voz no es una meta, es un canal, y yo la quiero usar para tocar algo más profundo, no quiero que sea solo un adorno técnico y tampoco quiero enseñar adornos, en cambio, quiero recordarte que también somos cuerpo, arte, memoria. Que todos los sonidos cuentan una historia, que hay belleza en como nos contamos, en como nos sanamos, y en como sonamos, incluso si lo hacemos temblando en todas ellas.


Hoy regreso a este proyecto más consciente, más enamorada del arte como camino. Mi música, mis clases, mis palabras —todo— ahora nacen de lo que me sostiene: libros que me devuelven el aliento, películas que me recuerdan que no estoy sola, conversaciones que curan más que una técnica, canciones que me ayudan a contar lo que con palabras no alcanzo a descifrar. El arte no es ni debe ser un lujo, es lo que nos mantiene vivos.

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Porque al final, como dice ese pensamiento que me acompaña últimamente, la soledad y la insuficiencia son mitos. Mitos diabólicos sobre lo que significa ser o no una persona “normal”. Y por eso existe el arte —una canción, una novela, una buena conversación, una fotografía— para hacernos recordar con asombro que quizás no estamos tan rotos, ni tan solos como creíamos. Y que al final no somos tan distintos, estamos hechos de lo mismo. Tan iguales y tan diferentes.




¡REGRESAMOS!

Esta nueva etapa del blog empieza aquí. En voz baja, pero con intención. Volviendo a sonar. Volviendo a habitar mi voz.


Con amor, Tati.



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