top of page

Aprender a escuchar mi voz, cambió mi manera de cantar



Hay personas que tienen una relación muy natural con su voz. Y hay otras que sienten que siempre están negociando con ella.


Yo fui muchísimo tiempo de las segundas.


Aunque amaba cantar, había una sensación constante de distancia entre mi voz y yo. Como si estuviera intentando alcanzar algo que nunca terminaba de llegar.


Escuchaba otras voces y pensaba:

  • “eso sí suena bien.”

  • “eso sí emociona.”

  • “eso sí pertenece.”


Mientras tanto, la mía me parecía demasiado específica. Muy marcada. Muy “particular”.


Y durante años pensé que la solución era transformarla.


  1. Aprender más.

  2. Corregir más.

  3. Modificar más.


Entonces empecé a estudiar la voz desde un lugar muy obsesivo. Y aunque aprender me fascinaba, también empecé a desarrollar una sensación permanente de vigilancia.


Siempre estaba analizándome.


¿Estoy respirando bien?  

¿Estoy poniendo demasiada presión?  

¿Esto suena correcto?  

¿Debería modificar este color?  

¿Así sí encajaría mejor?



Y algo que me parece muy fuerte ahora que miro atrás… es que uno puede estar técnicamente “haciendo cosas” todo el tiempo y aun así sentirse completamente desconectada de sí misma.


Porque el cuerpo no responde igual cuando canta desde la curiosidad que cuando canta desde la amenaza.


De hecho, hay algo muy interesante que pasa a nivel neurológico:

cuando sentimos que estamos siendo evaluados constantemente, el sistema nervioso entra en estados de alerta.


Y en esos estados el cuerpo prioriza control y protección, no exploración.


Por eso muchas veces cuando alguien se juzga demasiado al cantar aparecen cosas como:

  • mandíbula rígida,

  • cuello tenso,

  • respiración limitada,

  • sensación de esfuerzo excesivo,

  • o incluso bloqueo emocional.


El cuerpo intenta “hacerlo bien”…

pero al mismo tiempo deja de sentirse libre.


Y creo que eso le pasa a muchísimas personas que aman profundamente la música.


Personas sensibles.

Curiosas.

Apasionadas.


Personas que empezaron cantando porque les emocionaba… y en algún momento terminaron sintiendo que nunca eran suficientes.


A mí me tomó tiempo entender que no necesitaba convertirme en otra voz para sentirme válida.


Necesitaba empezar a escuchar la mía con menos violencia.


Porque honestamente, las voces que más me conmueven no son las más perfectas.


Son las que se sienten vivas.


Las que tienen textura.

Rarezas.

Fragilidad.

Personalidad.


Las que no parecen estar pidiendo permiso para existir.


Y algo cambió muchísimo en mí cuando dejé de pensar:

“¿cómo hago para sonar diferente?”

y empecé a preguntarme:

“¿cómo hago para sentirme más cerca de mi propia voz?”


Porque creo que hay una diferencia enorme entre entrenar una voz…

y pelearse con ella.


Un ejercicio pequeño para hoy


La próxima vez que practiques, intenta hacer esto:


Antes de empezar a cantar, pon una mano en el pecho y pregúntate:

“¿cómo se siente mi cuerpo hoy?”


No “¿cómo debería sonar?”

No “¿qué tengo que corregir?”


Solo:

“¿cómo me siento?”


Después, canta una canción suave intentando observar algo distinto:

¿qué partes de tu voz aparecen naturalmente cuando dejas de controlar tanto?


A veces la conexión con la voz no empieza aprendiendo más cosas. Empieza sintiéndonos suficientemente seguras para escucharla.


Con amor, Tati

 
 
 

Comentarios


bottom of page